Electrónica comestible

Electrónica comestible

Electrónica comestible

Electrónica comestible

Sensor. Según el diccionario de la Real Academia Española, dícese del «dispositivo que detecta una determinada acción externa, temperatura, presión, etc., y la transmite adecuadamente».

No ha pasado mucho tiempo desde que dicha palabra llegó por primera vez a nuestros oídos. La escuchábamos en los anuncios de coches, acompañada de la coletilla «de movimiento»; asociada a los ‘smartphones‘, con términos como acelerómetro o giroscopio, ajenos a nuestro vocabulario; o en relación con la ciudad inteligente, desplegados por sus calles para recoger información sobre lo que acontece en el asfalto.

Los sensores no han invadido únicamente nuestro entorno físico. De un tiempo a esta parte, los dispositivos también son capaces de analizar lo que sucede en el interior de nuestro cuerpo para que nuestro médico sepa, en tiempo real, que está ocurriendo en nuestro organismo cuando enfermamos.

Hoy en día, muchos de estos sensores recogen información sobre el paciente desde el exterior. Sin embargo, una parte de la ciencia desearía adquirir toda esa información de nuestro cuerpo colocando biosensores dentro.

Un grupo de investigadores de la Universidad de Wollongong, en Australia, está desarrollando sensores con aspecto de gelatina aptos para ser tragados y disueltos en el interior del cuerpo una vez que hayan cumplido su función. Para ello están utilizando hidrogeles (que contienen agua y polímeros), combinados con materiales comestibles que el cuerpo elimina de forma natural.

La idea de fabricar componentes electrónicos comestibles surgió hace un año, cuando el equipo de investigación que dirigía Christopher Bettinger, profesor de ingeniería biomédica de la Universidad Carnegie Mellon (Estados Unidos), dio con la fórmula para crear dispositivos médicos que se podían ingerir. ¿Qué fórmula?Recubrir los sensores con materiales que encontramos en nuestra dieta diaria.

El objetivo era encontrar la forma de crear dispositivos electrónicos que se puedan tragar, que no produzcan daños en el organismo, y que sirvan para hacer un seguimiento de la curación de heridas, la evolución de enfermedades, o incluso para administrar fármacos.

Respecto a los dispositivos tradicionales, «la diferencia es que en los biosensores hay un elemento que se llama biomediador, una estructura elaborada a partir de un material totalmente biológico”, explica a HojaDeRouter.com José Javier Serrano Olmedo, profesor e investigador del Centro de Tecnología Biomédica de la Universidad Politécnica de Madrid. Y esa estructura se añade a un sensor convencional para recoger medidas en el interior de nuestro organismo.

En cierto modo, y de acuerdo con Serrano, los biosensores han existido siempre. El ejemplo más conocido es la prueba que suelen realizar los diabéticos para comprobar sus niveles de azúcar, la glucemia capilar. Gracias a un aparato denominado glucómetro, el paciente sabe en cuestión de segundos la cantidad de glucosa que tiene en sangre.

Sin embargo, este dispositivo médico se encuentra fuera del organismo de la persona diabética. Adquirir los datos desde el interior, de forma directa, “es cuestión de conseguir que los dispositivos sean realmente tolerables por el cuerpo. Es algo en lo que todavía se está investigando”.

Además de encontrar biosensores que sean compatibles con el organismo, otra incógnita que deben resolver los científicos acerca de los dispositivos comestibles es la forma de recargarlos una vez que estén dentro. “Una batería es algo incómodo y que dura poco, por lo que se necesita un sistema que alimente casi de forma natural desde el propio organismo, sin que interfiera demasiado”, indica Serrano.

Precisamente, el equipo de investigación del profesor Bettinger descubrió un método para recargar la batería de su sensor comestible: ha fabricado la fuente de energía con pigmentos de la tinta de la sepia, que el cuerpo disuelve sin problemas. El rendimiento es menor que el de una batería de ion-litio – como las que lleva nuestro ‘smartphone’ -, pero abre la puerta a diseñar pastillas electrónicas biodegradables que no se tengan que retirar del cuerpo mediante cirugía.

De momento, encontrar este tipo de sensores entre las herramientas que emplean los médicos para supervisar a un paciente es misión imposible, aunque suponen indudablemente un gran avance en el mundo de la medicina. “Si hubiera un procedimiento para obtener información y atender rápidamente y de forma segura», sentencia Serrano, «probablemente se podría ayudar a personas en situaciones de emergencia de forma mucho más rápida de lo que se hace ahora”.

Las imágenes de este artículo es propiedad de Andy Melton

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